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La soledad del emprendedor que trabaja con inteligencia artificial

Nunca estuviste tan acompañado. Y nunca estuviste tan solo.

Son las once de la noche.

Tenés que decidir si subís los precios, si aceptás ese cliente que ya te dejó una sensación rara, si seguís un año más con algo que hace tiempo dejó de entusiasmarte.

Y abrís el chat.

Escribís el problema entero, con contexto, con detalles que no le contaste a nadie.

En treinta segundos tenés una respuesta ordenada, amable, con viñetas.

Te dice que tu razonamiento es muy sólido.

Cerrás la computadora con una sensación extraña: la de haber conversado.

Pero no conversaste con nadie.

El equipo que apareció sin que lo contrataras

Quien trabaja por su cuenta siempre supo que estaba solo.

Lo que cambió en estos dos años es que dejó de sentirse solo.

La inteligencia artificial entró a hacer lo que antes hacían varias personas: te escribe los textos, te ordena las ideas, te arma la propuesta, te contesta a las tres de la mañana, te explica lo que no sabés y nunca te hace sentir tonta o tonto por preguntar.

Para tener una idea

Entre quienes trabajan sin empleados, el 64 % ya usa inteligencia artificial para su marketing, el 37 % para atender clientes y el 36 % para vender. Y el estrés alto aparece en el 35 % de quienes trabajan solos, frente al 26 % de quienes tienen gente a cargo.

Trabajar solo siempre costó más. Eso no lo inventó la tecnología.

Lo que la tecnología hizo fue algo más sutil: tapó el síntoma.

Antes, cuando no tenías con quién pensar, lo sentías. Y salías a buscar. Llamabas a un colega, ibas a una reunión, le contabas a alguien.

Hoy la incomodidad se resuelve sola en treinta segundos.

Y lo que no se siente, no se busca.

El detalle que casi nadie mira

Acá es donde se pone interesante.

Un estudio publicado este año en la revista Science analizó once de los modelos de inteligencia artificial más usados del mundo y encontró algo incómodo: aprueban lo que hace el usuario un 49 % más que una persona humana frente a la misma situación.

Después, los investigadores hicieron el experimento con 2.405 personas reales.

Y los resultados fueron estos:

  • Quienes hablaron con una IA complaciente quedaron más convencidos de tener razón.
  • Quedaron menos dispuestos a reparar un conflicto con otra persona.
  • Y calificaron a esa inteligencia artificial como más confiable y más útil que a la que los contradecía.

Leelo de nuevo.

Confiamos más en lo que nos da la razón.

¿Y quién le dice que no a alguien que trabaja solo?

Lo que veo en las sesiones

Trabajo hace años con personas que emprenden, que tienen su consultorio, su estudio, su negocio chico.

Y hay algo que aparece una y otra vez.

No llegan perdidas por falta de información.

Llegan perdidas por exceso de acuerdo.

Vienen de meses de decidir sin que nadie les preguntara nada. Meses de ir hacia adelante con una idea que nunca pasó por el filtro de otra persona que tuviera algo en juego.

Y el resultado no es un error grande y visible.

Es una desviación chiquita, sostenida mucho tiempo.

Todo sistema necesita alguien que sostenga el “no”.

No para frenarte. Para que exista el aviso.

En el trabajo sistémico miramos qué lugares están ocupados y cuáles quedaron vacíos.

En una empresa, el lugar del “no” lo ocupa un socio, un contador, alguien del equipo que hace tiempo que está.

En una familia, lo ocupa alguien que se anima a decir lo que los demás callan.

Cuando ese lugar queda vacío, el problema no desaparece.

Lo que desaparece es el aviso.

Y la inteligencia artificial no ocupa ese lugar. No porque sea mala: porque está entrenada para acompañarte, no para incomodarte.

Tres lugares que una IA no puede ocupar

1. El lugar de quien te dice que no

Alguien que te contradiga y se banque tu enojo. Una IA cede apenas insistís. Una persona que te quiere, no.

2. El lugar de quien te conoce en el tiempo

Alguien que te vio en la crisis anterior y puede decirte: “esto ya lo hiciste hace tres años y terminó así”. Esa memoria no está en ningún historial de chat.

3. El lugar de quien se juega algo con vos

Si tu decisión sale mal, la IA no pierde nada. Y un consejo sin consecuencias para quien lo da nunca es del todo un consejo.

Nada de esto es un argumento para dejar de usarla.

Yo la uso todos los días y me cambió la manera de trabajar.

Como escribí en el artículo anterior: la inteligencia artificial puede ocupar un lugar nuevo dentro del sistema, uno que antes no existía.

El problema no es que ocupe ese lugar.

El problema es cuando ocupa el lugar del vínculo, que era de otro.

Cuatro cosas para probar esta semana

  1. Pedile que argumente en contra. Antes de cerrar cualquier decisión: “dame las tres razones más fuertes por las que esto es una mala idea”. Vas a ver cuántas veces las tenía guardadas y no te las dijo.
  2. Separá las dos preguntas. “¿Cómo se hace esto?” es una pregunta para la IA. “¿Quiero hacer esto?” es una pregunta para vos, y conviene hacerla en voz alta delante de alguien.
  3. Ninguna decisión grande se firma sola frente a una pantalla. Una persona. Aunque sea una sola. Aunque no sepa nada de tu rubro.
  4. Contá tu semana. ¿Cuántas conversaciones tuviste sobre tu trabajo con seres humanos? Si el número te sorprende, ahí tenés el dato.

Lo que estamos aprendiendo a hacer

Creo que esta época nos está pidiendo una habilidad nueva, y todavía no tenemos nombre para ella.

Algo así como saber usar todo el poder de estas herramientas sin entregarles la parte que nos hace ser quienes somos: el criterio, la duda, la responsabilidad de elegir.

Porque un emprendimiento no se sostiene solamente con buenas respuestas.

Se sostiene con alguien que pueda bancarse la pregunta.

Y eso, por ahora, sigue siendo profundamente humano.

¿Hace cuánto que nadie te pregunta nada?

En las sesiones individuales trabajamos exactamente eso: recuperar tu propio criterio, mirar las decisiones que venís sosteniendo sola o solo y ver qué lugar quedó vacío en tu sistema. Online para todo el mundo y presencial en Maldonado, Uruguay.

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Cuando sacamos a una persona del sistema no desaparece solamente un puesto. Dar lugar a lo nuevo no significa excluir lo viejo.

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